Atzavara

Por ejemplo, cada vez que yo había sido infiel trataba de serlo sólo por una vez, temeroso de que la repetición crease un hábito competidor con el gran hábito general de mi vida hasta entonces. Cada vez que yo sospechaba una infidelidad de Irene, una vez saciado de sufrimiento morboso, prefería pasar al estadio de la sospecha o de la duda, para terminar razonando que era improbable que Irene hubiera podido traicionar a un hombre tan completo como yo.
– Manuel Vásquez Montalbán, Los alegres muchachos de Atzavara